En el segundo episodio de la séptima temporada de El Terminador seguimos avanzando dentro de ese gran recorrido que atraviesa toda la temporada: un viaje que comenzó en plena noche y que, programa a programa, irá acercándose lentamente hacia el amanecer.
Después del tono abiertamente apocalíptico del episodio anterior, en el que recorrimos mundos destruidos, carreteras vacías y escenarios donde la civilización parecía haberse apagado, “Señales en la noche” cambia el punto de vista. Seguimos dentro de la oscuridad, pero esta vez no miramos tanto lo que ocurre a nuestro alrededor.
Esta vez escuchamos.
Porque la noche nunca está completamente en silencio.
Vivimos rodeados de señales invisibles. Ondas de radio, comunicaciones digitales, teléfonos móviles, satélites, radares, transmisiones militares, redes inalámbricas. Miles de millones de mensajes atraviesan continuamente el espacio que nos rodea sin que podamos percibirlos directamente.
La mayoría tienen un origen y un destino perfectamente conocidos.
Pero no todos.
Y ahí comienza el territorio de este episodio.
Voces destinadas a desconocidos
La primera parada nos conduce a uno de los fenómenos más fascinantes de la historia reciente de la radio: las emisoras de números.
Durante décadas, especialmente durante la Guerra Fría, radioaficionados de todo el mundo descubrieron extrañas transmisiones en las bandas de onda corta. Voces masculinas, femeninas e incluso infantiles aparecían de repente en determinadas frecuencias y comenzaban a recitar largas secuencias de números.
No había presentación.
No había noticias.
No había explicación.
Solo una voz.
Números.
Pausas.
Y finalmente silencio.
Muchas de estas transmisiones fueron relacionadas con los servicios de inteligencia y con sistemas utilizados para enviar instrucciones cifradas a agentes situados en otros países. La onda corta ofrecía una ventaja extraordinaria: una persona podía recibir un mensaje desde miles de kilómetros de distancia sin necesidad de responder.
El destinatario permanecía invisible.
Para cualquiera que escuchara accidentalmente la frecuencia, aquella secuencia no significaba absolutamente nada.
Pero para alguien…
podía significarlo todo.
Algunas de aquellas emisoras acabaron adquiriendo nombres casi legendarios entre los aficionados: The Lincolnshire Poacher, Cherry Ripe, Swedish Rhapsody o The Buzzer.
Nombres extrañamente poéticos para transmisiones probablemente relacionadas con espionaje, operaciones militares y secretos de Estado.
Y quizá ahí reside buena parte de su fascinación.
Podemos escuchar el mensaje.
Pero estamos fuera de la conversación.
Sabemos que alguien habla.
Sabemos que alguien escucha.
Lo que nunca sabremos es qué ocurrió después.
Cuando las palabras se convierten en una amenaza
Desde las transmisiones reales pasamos después a la ficción.
Y concretamente a Pontypool, una de las películas que mejor ha entendido las posibilidades del sonido y de la radio como herramientas para construir terror.
En Pontypool, la amenaza no necesita entrar por una puerta ni romper una ventana.
Puede entrar mediante una palabra.
La historia se desarrolla en torno a una pequeña emisora de radio canadiense. Desde el interior del estudio comienzan a llegar noticias confusas sobre disturbios y comportamientos extraños en el exterior.
Los personajes no pueden ver claramente lo que ocurre.
Nosotros tampoco.
Solamente escuchamos llamadas telefónicas, testimonios incompletos, interrupciones, silencios y voces que intentan describir algo que parece imposible de comprender.
Y poco a poco aparece una idea extraordinaria:
el lenguaje podría estar infectado.
Determinadas palabras pueden quedarse atrapadas en la mente de quien las escucha. La persona comienza a repetirlas hasta que el significado se rompe.
Hablar puede ser peligroso.
Escuchar puede ser peligroso.
Comprender puede ser peligroso.
La película transforma así aquello que normalmente utilizamos para explicar la realidad —el lenguaje— en el origen mismo del desastre.
Y convierte la radio, una tecnología diseñada para distribuir información, en un posible mecanismo de contagio.
De repente aparece una pregunta que resume buena parte del terror de Pontypool:
¿qué ocurre cuando el locutor debe seguir hablando, pero hablar podría extender la amenaza?
Esto no es un simulacro
La tercera sección abandona momentáneamente la ficción para entrar en una forma de miedo que todos reconocemos.
La interrupción.
Estamos viendo televisión.
Escuchando música.
Conduciendo.
Durmiendo.
Todo parece normal.
Y entonces aparece un tono de emergencia.
La programación se detiene.
Una voz institucional nos pide que prestemos atención.
Ese instante tiene un enorme poder psicológico porque rompe inmediatamente la normalidad.
Algo ha ocurrido.
Y es suficientemente importante como para interrumpir todo lo demás.
El episodio recuerda el caso ocurrido en Hawái en 2018, cuando miles de personas recibieron en sus teléfonos una alerta que advertía de la llegada de un misil balístico y pedía buscar refugio inmediatamente.
El mensaje terminaba con una frase aterradora:
Esto no es un simulacro.
La alerta era falsa.
Pero durante varios minutos miles de personas creyeron que iban a sufrir un ataque real.
No había ningún misil.
No se produjo ninguna explosión.
Sin embargo, el miedo fue completamente auténtico.
Porque una señal puede modificar nuestra percepción de la realidad antes incluso de que podamos comprobar qué está ocurriendo.
Una sirena puede vaciar una calle.
Un mensaje puede hacer que abandonemos un edificio.
Una voz puede convertir una mañana normal en el posible comienzo de una catástrofe.
Y existe una imagen todavía más inquietante.
Una emisora automática que continúa transmitiendo instrucciones después de que ya no quede nadie para escucharlas.
“Permanezcan en sus hogares.”
“Esperen nuevas instrucciones.”
Una y otra vez.
Durante horas.
Quizá durante días.
La señal continúa funcionando.
Pero las nuevas instrucciones nunca llegan.
La señal continúa
La conclusión del episodio abandona lentamente el territorio del miedo para entrar en algo mucho más melancólico.
Las primeras emisiones de radio producidas por nuestra civilización llevan décadas alejándose de la Tierra.
Canciones.
Noticias.
Discursos.
Anuncios.
Conversaciones.
Voces de personas que murieron hace muchos años.
Todo ello convertido en ondas que alguna vez abandonaron una antena y comenzaron a viajar.
Quizá se pierdan para siempre entre el ruido del universo.
Probablemente nunca sean escuchadas por nadie.
Pero resulta fascinante imaginar que, en algún lugar imposible, alguien pudiera encontrar una de aquellas señales.
Para nosotros pertenecería al pasado.
Para quien la recibiera, estaría ocurriendo en ese instante.
Una voz antigua volvería a existir durante unos segundos.
Y entonces una transmisión se parecería mucho a un fantasma.
No porque proceda del más allá.
Sino porque ha sobrevivido a quien la creó.
Tal vez por eso seguimos escuchando.
Giramos el dial.
Buscamos frecuencias.
Esperamos encontrar algo entre la estática.
Porque comunicarnos es también una forma de resistir al silencio.
Una manera de decir:
estamos aquí.
Estuvimos aquí.
En el episodio anterior contemplábamos mundos apagándose.
En “Señales en la noche” seguimos dentro de esa misma oscuridad.
Todavía falta mucho para el amanecer.
Pero esta vez, muy lejos, aparece algo.
Una voz.
Débil.
Intermitente.
No sabemos quién la envía.
No sabemos qué significa.
Ni siquiera sabemos si espera una respuesta.
Pero mientras exista una señal…
la noche no estará completamente vacía.
Porque tal vez sea únicamente ruido.
Tal vez nadie esté escuchando.
Tal vez nunca llegue a ninguna parte.
Pero, en algún lugar de la oscuridad…
la señal continúa.
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