Mirar el presente desde el final
La séptima temporada de El Terminador comienza con una pregunta que, en realidad, atraviesa buena parte de nuestra cultura contemporánea: ¿por qué necesitamos imaginar el final para comprender el presente?
Desde hace siglos, las sociedades han construido relatos sobre su propia desaparición. Profecías, apocalipsis religiosos, guerras definitivas, catástrofes naturales, colapsos tecnológicos, pandemias, invasiones, crisis climáticas o simples derrumbes de la vida cotidiana. Cambian los escenarios, cambian los símbolos, cambian los miedos, pero permanece una misma intuición: cuando imaginamos el final, también estamos intentando descubrir qué es aquello que realmente sostiene nuestro mundo.
Este primer episodio de la temporada parte precisamente de esa idea. El apocalipsis no entendido únicamente como destrucción, sino también como revelación. Como una forma de arrancar las capas de normalidad que cubren nuestra existencia y observar qué queda debajo.
Porque mientras todo funciona resulta muy fácil pensar que la estabilidad es algo natural. Abrimos un grifo y sale agua. Encendemos una luz y esperamos electricidad. Compramos comida. Nos comunicamos. Trabajamos. Nos desplazamos. Confiamos en hospitales, carreteras, redes de telecomunicaciones, instituciones, conocimientos acumulados durante generaciones. Todo ese entramado parece sólido simplemente porque estamos acostumbrados a vivir dentro de él.
Pero basta imaginar que desaparece para comprender hasta qué punto nuestra vida depende de una red extraordinariamente compleja y frágil.
Threads: cuando se rompen los hilos
Uno de los grandes referentes del episodio es Threads, la durísima película británica de 1984 dirigida por Mick Jackson.
Su fuerza no reside únicamente en la representación de una guerra nuclear. Lo verdaderamente perturbador es observar cómo, después de la explosión, comienzan a romperse uno a uno los hilos que mantienen unida a la sociedad.
Sheffield aparece inicialmente como una ciudad normal. Hay familias, trabajos, conversaciones, preocupaciones domésticas y pequeñas decisiones cotidianas. La amenaza nuclear existe, pero parece lejana, abstracta, casi imposible de integrar en la rutina.
Y entonces sucede.
A partir de ese momento, la película abandona cualquier tentación espectacular. No existe heroísmo. No hay salvadores. Tampoco una reconstrucción rápida. Lo que aparece es el deterioro progresivo de todo aquello que permitía reconocer una sociedad organizada.
Desaparecen los servicios básicos. Se hunden las instituciones. La alimentación se convierte en un problema. La medicina retrocede. La educación prácticamente desaparece. El conocimiento deja de transmitirse con normalidad.
Incluso el lenguaje comienza a deteriorarse.
Ese detalle resulta especialmente inquietante porque muestra que el colapso no consiste únicamente en perder edificios, tecnología o infraestructuras. También puede significar perder aquello que una generación transmite a la siguiente.
Threads convierte así la catástrofe en una radiografía del presente. Nos obliga a mirar los sistemas que normalmente permanecen invisibles y a comprender que la civilización no es simplemente un escenario en el que vivimos, sino una enorme red de dependencias.
Los hilos están ahí.
Solo los vemos cuando empiezan a romperse.
El príncipe de las tinieblas: señales enviadas desde el futuro
El segundo gran territorio del programa nos lleva a John Carpenter y a una de sus películas más inquietantes: El príncipe de las tinieblas.
Aquí el apocalipsis adopta una forma completamente distinta.
Ya no hablamos del derrumbe físico y social provocado por una guerra, sino de algo mucho más difícil de interpretar. Ciencia, religión, física, antiguas creencias y una amenaza que parece atravesar las fronteras entre todas ellas.
En el centro de la historia encontramos un extraño cilindro conservado durante siglos en una iglesia. Algo que durante generaciones había sido interpretado mediante categorías religiosas comienza a ser estudiado también desde la ciencia.
Y poco a poco aparece una posibilidad aterradora.
Quizá algunas de las antiguas narraciones no fueran simples supersticiones. Quizá intentaban describir fenómenos reales utilizando el lenguaje disponible en cada época.
Pero la idea más fascinante de la película aparece cuando los personajes comienzan a recibir un extraño sueño.
Una transmisión.
Una imagen repetida.
Una figura que emerge de una iglesia mientras una voz explica que aquello no es un sueño, sino un mensaje enviado desde el futuro.
De repente el tiempo se convierte en una advertencia.
El futuro intenta comunicarse con el presente.
Y quizá ahí se encuentra una de las grandes preguntas de toda ficción apocalíptica: ¿reconoceríamos una señal antes de que fuera demasiado tarde?
Las sociedades reciben constantemente señales sobre sus propios riesgos. Algunas son evidentes. Otras parecen débiles, confusas o exageradas. El problema no siempre consiste en que la información no exista.
A veces el problema es saber interpretarla.
Carpenter transforma esa idea en terror cósmico. Los personajes observan fenómenos que parecen imposibles y deben decidir si aquello que están viendo es ruido, coincidencia o advertencia.
El espejo se convierte finalmente en frontera.
Una puerta hacia algo que quizá nunca debería atravesarla.
La carretera: lo que queda cuando todo ha desaparecido
El tercer gran bloque del episodio abandona las instituciones y las señales para centrarse en algo mucho más elemental: la relación entre dos seres humanos.
En La carretera, la novela de Cormac McCarthy, el mundo prácticamente ha terminado.
No sabemos exactamente qué ocurrió. Tampoco importa demasiado.
Las ciudades están vacías. Los paisajes han perdido el color. La naturaleza parece muerta. Los restos de la civilización aparecen dispersos por carreteras cubiertas de ceniza.
En ese escenario avanzan un padre y su hijo.
No intentan reconstruir el mundo.
Intentan sobrevivir.
Pero precisamente ahí aparece la pregunta más profunda de la historia: ¿qué significa seguir siendo humano cuando ya no existe ninguna institución que obligue a serlo?
Cuando desaparecen las leyes, la policía, los jueces, las normas sociales y las consecuencias, la ética deja de ser una obligación externa.
Se convierte en una elección.
El padre intenta enseñar al niño que ellos son “los buenos”.
Que no pueden transformarse completamente en aquello que temen.
Que todavía deben conservar algo.
En la novela esa idea aparece resumida en una imagen extraordinariamente sencilla: llevar el fuego.
No se trata de fuego real.
Es memoria.
Es compasión.
Es la decisión de continuar reconociendo humanidad en los demás incluso cuando el mundo parece haber dejado de hacerlo.
Después de observar en Threads cómo se rompen los sistemas y en Carpenter cómo intentamos interpretar señales, La carretera nos conduce al último refugio.
La conciencia individual.
Mirar el presente desde el final
Las tres obras hablan de mundos muy diferentes, pero juntas forman una especie de mapa.
Threads habla de los hilos.
Las redes invisibles que sostienen nuestra vida cotidiana.
El príncipe de las tinieblas habla de las señales.
Las advertencias que quizá existen antes de la catástrofe y nuestra capacidad —o incapacidad— para comprenderlas.
La carretera habla del fuego.
Aquello que puede permanecer cuando todo lo demás ha desaparecido.
Esa es también la propuesta de este primer episodio de la séptima temporada de El Terminador.
Imaginar el final no significa necesariamente desearlo ni vivir obsesionados con él.
Puede ser exactamente lo contrario.
Puede servir para mirar el presente con mayor claridad.
Para comprender qué cosas damos por seguras.
Qué sistemas necesitan cuidado.
Qué señales estamos ignorando.
Y qué valores querríamos conservar incluso en el peor de los escenarios.
Porque quizá esa sea una de las funciones más interesantes de las historias sobre el fin del mundo.
No mostrarnos cómo termina todo.
Sino recordarnos qué merece la pena proteger mientras todavía existe.
Cuidar los hilos.
Escuchar las señales.
Y mantener vivo el fuego.
Comienza así una nueva temporada de El Terminador.
Veinte emisiones que avanzarán lentamente desde la oscuridad hacia la luz.
Pero todavía estamos al principio.
Todavía es de noche.
La noche acaba de empezar.
Archivo Sonoro


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