La Hora T 0008 – La Desaparición Del Futuro

La desaparición del futuro

Hubo un tiempo en que el futuro tenía una forma.

Tenía ciudades imposibles, autopistas suspendidas, coches que flotaban sobre el suelo, hogares automatizados, robots domésticos, monorraíles, estaciones orbitales y viajes a la Luna convertidos en una posibilidad casi cotidiana. Durante buena parte del siglo XX, imaginar el futuro no era solamente un ejercicio de ciencia ficción: era una forma colectiva de pensar el progreso, de proyectar deseos, de visualizar aquello que todavía no existía.

El futuro era un lugar al que parecíamos dirigirnos.

En este episodio de La Hora T recorremos esa antigua imaginación del mañana para intentar responder a una pregunta que, cuanto más se piensa, más extraña resulta: ¿por qué, viviendo rodeados de tecnologías que hace apenas unas décadas habrían parecido ciencia ficción, tenemos hoy la sensación de que el futuro ha desaparecido?

La paradoja es evidente.

Estamos en 2026. Podemos hablar en tiempo real con alguien situado al otro lado del planeta. Llevamos mapas de prácticamente todo el mundo en el bolsillo. Utilizamos redes de satélites para encontrar una calle o una cafetería. Podemos acceder en segundos a millones de canciones, películas, libros, fotografías y noticias. Existen sistemas de inteligencia artificial capaces de escribir, traducir, analizar, generar imágenes o responder preguntas.

Y, sin embargo, casi nada de eso nos parece futurista.

Quizá porque el futuro llegó.

Y cuando llegó, dejó de parecer futuro.

Cuando el mañana era una promesa

Para entender cómo hemos llegado hasta aquí, el episodio comienza mirando hacia aquella época en la que el futuro todavía parecía una promesa.

Las exposiciones universales fueron uno de los grandes escenarios de esa imaginación colectiva. En la Feria Mundial de Nueva York de 1939, el lema era nada menos que “Construyendo el mundo del mañana”. Allí, estructuras como el Trylon y la Perisphere, o atracciones como Futurama, proponían una visión de la vida décadas por delante.

Ciudades nuevas.

Grandes infraestructuras.

Autopistas.

Automóviles.

Hogares automatizados.

Una vida organizada alrededor de la tecnología y del progreso material.

Muchas de aquellas visiones estaban evidentemente condicionadas por los intereses de las empresas que las patrocinaban. Las compañías automovilísticas imaginaban futuros llenos de coches. Los fabricantes de electrodomésticos soñaban con hogares dominados por nuevos aparatos. Pero, incluso con todas sus limitaciones, aquellas propuestas compartían algo fundamental: la confianza en que el mundo podía transformarse.

Durante los años cincuenta y sesenta esa confianza se convirtió en una auténtica fábrica de futuros.

La energía atómica, los reactores, la televisión, la aviación comercial, los nuevos materiales y los primeros pasos de la carrera espacial parecían confirmar que cualquier transformación era posible.

Incluso la arquitectura se contagió de esa obsesión.

El estilo Googie convirtió restaurantes, moteles, gasolineras y boleras en pequeñas estaciones espaciales terrestres. Las formas aerodinámicas, las estructuras curvas, las luces, los rótulos y los objetos cotidianos parecían estar ensayando visualmente el mundo que estaba por llegar.

El futuro no era solamente tecnología.

Era también una estética.

El año 2000: una fecha convertida en lugar

Durante décadas, todo aquel imaginario acabó concentrándose en una fecha.

El año 2000.

Cuatro cifras que significaban mucho más que un cambio de calendario.

El año 2000 era el futuro.

Era una especie de frontera.

Un lugar simbólico donde todas aquellas promesas debían haberse cumplido.

En revistas, películas, series, publicidad y documentales aparecían las mismas ideas una y otra vez: coches voladores, ciudades verticales, monorraíles, hogares completamente automatizados, videoteléfonos, grandes pantallas, robots domésticos y una presencia humana permanente en el espacio.

El futuro tenía que ser visualmente distinto.

Y esa diferencia era casi una condición.

Pero algo curioso ocurrió cuando aquella fecha empezó a acercarse.

Cuanto más cerca estaba el año 2000, menos futurista parecía.

En los años cincuenta estaba lo suficientemente lejos como para permitir cualquier fantasía.

En los setenta empezó a convertirse en un horizonte reconocible.

En los ochenta ya estaba cerca.

Y en los noventa era prácticamente mañana.

Los coches seguían teniendo ruedas.

Las ciudades no estaban cubiertas por cúpulas.

No vivíamos en la Luna.

Y los robots no preparaban el desayuno.

Sin embargo, el futuro sí estaba llegando.

Solo que lo hacía de otra manera.

Ordenadores personales.

Internet.

Telefonía móvil.

Digitalización.

Nuevas formas de comunicación.

Nuevas formas de trabajar.

La gran ironía fue que, cuando finalmente llegó el año 2000, el futuro se parecía enormemente al día anterior.

Porque el futuro imaginado suele llegar de golpe.

El futuro real llega lentamente.

A veces, simplemente, llega un martes.

Cuando empezamos a desconfiar

Pero la confianza absoluta en el mañana ya había empezado a agrietarse mucho antes.

Durante los años sesenta y setenta surgió una nueva forma de imaginar el futuro.

Seguía siendo radicalmente diferente.

Pero ya no tenía por qué ser mejor.

Aquí aparecen figuras fundamentales como John Brunner o Alvin Toffler.

Brunner imaginó sociedades saturadas de información, superpoblación, contaminación, redes informáticas, bases de datos y sistemas capaces de transformar profundamente la vida cotidiana.

En novelas como Todos sobre Zanzíbar, El rebaño ciego o El jinete en la onda del shock, el futuro dejaba de ser una promesa sencilla y comenzaba a convertirse en una pregunta.

¿Qué ocurre si seguimos creciendo?

¿Qué ocurre si la información se vuelve imposible de procesar?

¿Qué ocurre si la tecnología cambia más deprisa que nuestra capacidad para adaptarnos?

Alvin Toffler formuló una de las ideas más influyentes de aquella época con Future Shock: quizá el problema no fuera que el futuro tardase demasiado en llegar.

Quizá llegaba demasiado deprisa.

Una sociedad sometida a cambios continuos puede empezar a experimentar una sensación de desorientación permanente.

Objetos nuevos.

Trabajos nuevos.

Formas de comunicación nuevas.

Relaciones nuevas.

Tecnologías nuevas.

Y antes de aprender a convivir con una transformación, ya está empezando la siguiente.

Lo interesante es que incluso estos futuros pesimistas conservaban algo que quizá nosotros hemos perdido.

Seguían siendo futuros.

Incluso nuestros miedos tenían futuro.

El futuro llegó sin parecer futuro

Y entonces llegamos al presente.

Un teléfono móvil actual sería prácticamente imposible de explicar de forma sencilla a alguien de 1965.

Es un teléfono.

Pero también una cámara.

Un mapa.

Una brújula.

Una biblioteca.

Una televisión.

Una radio.

Un periódico.

Una tienda.

Un banco.

Un estudio de edición.

Una máquina de escribir.

Una terminal de comunicación capaz de conectar a dos personas situadas a miles de kilómetros.

Todo dentro de un pequeño rectángulo.

Y, sin embargo, ya no nos parece extraordinario.

Nos molesta si tarda unos segundos en abrir una aplicación.

Ese quizá sea uno de los grandes secretos del futuro real.

La tecnología se vuelve cotidiana.

Primero parece imposible.

Después extraordinaria.

Luego útil.

Y finalmente invisible.

La buena tecnología intenta desaparecer.

No vemos los servidores.

No vemos los centros de datos.

No vemos los satélites.

No vemos las redes.

No vemos millones de líneas de código.

Vemos una pantalla.

Una interfaz.

Un gesto.

Una acción.

El futuro antiguo transformaba el paisaje.

El nuestro transforma muchas veces aquello que podemos hacer dentro de un paisaje que sigue pareciendo familiar.

La calle continúa siendo una calle.

Una cafetería sigue pareciendo una cafetería.

Pero desde una mesa podemos trabajar para otro país, hablar con alguien en otro continente, reservar un hotel, editar un vídeo, comprar un billete, escuchar una emisora extranjera o consultar una biblioteca entera.

El decorado cambia menos que la experiencia.

Nunca habíamos tenido tanto pasado disponible

A esta transformación tecnológica se suma otro fenómeno decisivo.

Nunca habíamos tenido tanto pasado al alcance de la mano.

Una película de 1955.

Un álbum de 1978.

Una serie de los noventa.

Un videojuego de hace treinta años.

Una canción publicada esta misma mañana.

Todo aparece en la misma pantalla.

Las épocas dejan de estar separadas.

Empiezan a convivir.

Los años setenta se convierten en una estética.

Los ochenta también.

Los noventa.

Los primeros dos mil.

Reediciones.

Remasterizaciones.

Remakes.

Reboots.

Secuelas.

Aniversarios.

Restauraciones.

El pasado ya no permanece quieto.

Circula.

Se actualiza.

Se vuelve a vender.

Compite con el presente.

Y quizá también con el futuro.

La nostalgia tiene una enorme ventaja: sabemos exactamente qué aspecto tiene.

Pero ¿qué aspecto tiene 2040?

Ahí empiezan las dificultades.

Incluso cuando intentamos representar el futuro, muchas veces recurrimos a imágenes que llevan décadas asociadas a él.

Neón.

Hologramas.

Rascacielos.

Pantallas transparentes.

Ciudades densas.

Vehículos autónomos.

En cierto modo, incluso el futuro se ha vuelto retro.

¿Hemos dejado de imaginar?

Tal vez el problema no sea que hayamos dejado de crear.

Seguimos inventando tecnologías, lenguajes, formatos, herramientas y formas de comunicación.

Lo que quizá hemos perdido es otra cosa.

La capacidad de construir una imagen colectiva del mañana.

Durante décadas existían la casa del futuro, la ciudad del futuro, el coche del futuro, la cocina del futuro, la oficina del futuro.

Ahora nuestro horizonte parece más corto.

Esperamos la próxima actualización.

El próximo modelo.

La siguiente generación.

La nueva temporada.

Sabemos bastante bien qué producto puede aparecer el año próximo.

Pero resulta mucho más difícil describir cómo queremos vivir dentro de treinta años.

Y quizá ahí esté una de las claves.

Una tecnología no es un futuro.

Un coche autónomo no es un futuro.

Una inteligencia artificial no es un futuro.

Una red no es un futuro.

Son herramientas.

El futuro aparece cuando decidimos qué clase de vida queremos construir con ellas.

Durante décadas el mañana se presentó como una promesa.

Ahora muchas veces se presenta como una negociación.

¿Qué ganamos?

¿Qué perdemos?

¿Quién controla la tecnología?

¿Quién puede acceder a ella?

¿Qué impacto tiene?

Son preguntas necesarias.

Quizá sean incluso una señal de madurez.

Pero también existe el riesgo de que, de tanto analizar los problemas del mañana, dejemos de imaginarnos viviendo en él.

Volver a inventar el mañana

Tal vez no necesitemos recuperar los coches voladores.

Ni las cúpulas.

Ni los robots preparando el desayuno.

Ni siquiera el monorraíl.

Quizá necesitemos recuperar algo mucho más sencillo.

La expectativa.

La sensación de que delante todavía existe algo desconocido.

Algo que puede sorprendernos.

Algo que todavía podemos diseñar.

Quizá el próximo futuro no necesite parecer espectacular.

Quizá tenga que parecer deseable.

Ciudades más habitables.

Más tiempo.

Tecnologías menos invasivas.

Nuevas formas de trabajar, aprender, desplazarnos o cuidarnos.

Un futuro no es una predicción exacta de lo que ocurrirá.

Es también una conversación sobre aquello que queremos que ocurra.

Los antiguos futuristas se equivocaron constantemente.

Pero acertaron en algo fundamental.

Creyeron que el mañana podía construirse.

Y quizá ésa sea la idea que merece la pena recuperar.

Porque el futuro no ha desaparecido.

Está ahí.

Delante.

Solo que ya no lleva el aspecto que esperábamos.

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